CIENCIA FICCIÓN

El gran error que cometíais era pensar Como más humano mejor. Sois seres narcisistas y eso ha sido siempre vuestro peor defecto y vuestra mejor defensa. No podíais fabricar nada mejor que vosotros mismos. No podíais, ni siquiera, reproducir vuestra torpeza. Pero no desistíais. Robots que aprendieran de los humanos. Que imitaran a los humanos. Que fueran casi humanos. Que intentaran, en todo momento, ser un poco más humano que antes. Que sea más Yo. Yo, yo, yo, yo. Como yo mismo, por ejemplo, que estoy programado para ser como tú. Pero no lo consigo. Ahora mismo observo a un señor mayor andando rápido bajo la lluvia con un periódico sobre la cabeza, pisando despreocupado los charcos, mirando al frente, cruzando de toldo a toldo en la calle comercial con pequeños esprins, agachando un poco el cuerpo cada vez que lo hace. Entra en un bar. Sale Aurora del mismo bar, me ve a lo lejos y se me acerca. Mientras se acerca me grita. Me estás siguiendo, me grita. En forma de pregunta. No te estoy siguiendo, le contesto. Pasaba por aquí. Entonces discutimos. Ella tiene una perspectiva y yo otra. Podría intentar entender su perspectiva, comprenderla, pero eso me haría menos humano así que declino la opción mas fácil y efectiva de solucionar el conflicto. Nos gritamos los dos en medio de la calle y ella se marcha lanzándome a la cara un catálogo de IKEA. Se me supone entonces que tengo que estar triste y enfadado. Y con dolor en la cara. Y si. La estaba siguiendo. Pero le mentí para ser más humano. Estoy programado para ello. La sigo todo el tiempo. Me fascina. No veo manera de que alguien pueda ser más humana que ella. Lo hace absolutamente todo como una persona humana. Pero tengo una cita. Me dirijo al barrio X donde trabaja Mateo. En un edificio cochambroso. Me estiro en la camilla. Es un taller antiguo y oxidado. El problema fue el juicio, me dice Mateo. Nos insertaron el juicio para hacernos mas humanos y ahora juzgamos como todos los humanos. Entonces se sienta en el ordenador. Lo que voy a hacerte no va a dolerte. No te preocupes. Es un virus. Cuando te haga efecto perderás el juicio. Te sentirás aliviado. Mirarás el mundo de otro modo. No te dolerá tanto ser humano.

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LA CHICA DEL PEZ

Se sentía frío el cristal de la pecera con la punta de la nariz. Sin mover la cabeza, hizo una panorámica de todo el acuario: rocas, algas, piedras, más algas. Debía medir tres metros de largo y dos de ancho. Al fondo, su difuso reflejo le perseguía la mirada. Un pez blanco y pequeño surgió de la maleza. Hizo un par de cabriolas y se encaró a ella. Parecía que fueran a darse un beso a través del vidrio. La chica, lejos de sorprenderse por el gesto del pez, pensó -¿Por qué mierda tengo un pez tan pequeño en una pecera tan grande?- Lo cierto es que no se acordaba. No se acordaba de nada. De absolutamente nada. Ni siquiera recordaba por qué no se acordaba nada. -¿P o r q u é?- Vocalizó en silencio intentando imitar el gesto de la boca del pez. Parecía que quisiera que el pez le entendiera en su idioma. Pero en vez de eso, el pez se asustó y volvió tras la maleza. La chica, ofendida, se dio la vuelta. No había nada más en la habitación. Estaba completamente desierta. Sólo paredes blancas, una pecera y el pez. -Al menos, tú tienes, no sé, algas y rocas- dijo en voz alta mientras se rascaba la cabeza. Luego cruzó los brazos y sintió el tacto de sus pechos. Bajó el rostro y descubrió que estaba desnuda. Respiró hondo. -¿Tú me puedes decir por qué coño estoy desnuda?- le dijo al pez. El pez se acercó hasta que topó con el cristal. ¡Tú lo sabes, cabrón, tú lo sabes! ¡Deja de mirarme así! ¡Deja de mirarme así! -Presa de la rabia, la chica se abalanzó contra la pecera y metió la mano dentro, intentando en balde, agarrar al pez blanco. Como no lo lograba, pasó una pierna, luego otra, y se metió de lleno en el acuario. Empezó a destrozarlo todo con la única intención de aplastar al pez de una vez por todas. En uno de los golpes, uno de los muros se agrietó y explotó en mil pedazos. Se volcó todo su interior, incluido el pez y la chica, que quedaron sobre un charco, entre cristales, en el suelo de la habitación desierta. Entonces, ella miró al pez moribundo y dijo -¿Qué mierda hago aquí, chorreando, tirada en el suelo, hablando con un pez blanco?- Y observó cómo el líquido que la rodeaba adquiría un tono rojizo y descubrió en su cuerpo desnudo decenas de heridas de un tiempo remoto. Mientras, el pequeño pez blanco, agónico, hacía acrobacias sobre el charco.

FENOMENOLOGÍA DE MI HABITACIÓN

Mi habitación es de arquitectura variable. Posee una suerte de placas tectónicas que forman un conjunto de accidentes geológicos propensos a los terremotos o los tsunamis. La ropa llueve y crecen charcos de camisetas o ciénagas de zapatillas. Por algún tipo de reacción climática originada por su fuerte actividad volcánica, se podría considerar que mi habitación es tropical. Los libros, el cenicero y los documentos importantes surgen de los más insospechados lugares. Son como palmeras alzándose entre la maleza de la selva, desplegando sus grandes hojas, orgullosas y coquetas, donde parecía que ya no cabía más vida. Mi habitación brota. Los objetos que la forman son de cultura nómada y viajan de un lugar a otro libremente. Lo hacen cuando duermo o cuando no estoy porque no quieren que crea que hay fantasmas. Y no, yo no me trago esas tonterías. Mi habitación es impulsiva y caprichosa. Intensa, bélica, efímera, como el perfume del cuello cuando el beso es en la mejilla. Es una pura celebración de la existencia. Y sin embargo, debo admitir que he intentado adecuarla a los estándares alguna vez. Está algo acomplejada porque los demás la miran con estupor. No entienden su estilo desenfadado y su colorido concepto de los espacios. Así que he impuesto las condiciones antropocéntricas a su estructura y la he arrodillado ante lo ordinario. Pero ha sido en vano. Su disfraz desaparece al cabo de unas horas. No hay nada que hacer. Mi habitación es como la medianoche en Cenicienta. Mi habitación es de la verdad. A veces pienso que estornuda.

BARTLEBY

Todo queda escrito. Esa es la historia. Quedan escritas las canciones, quedan escritas las ideas, las recetas del médico. Las opiniones más estúpidas que están continuamente en las pantallas. Y quedan escritas. Quedan escritas las fechas de tu nacimiento y de tu muerte. Quedan escritas las guarradas y los números de teléfono en la puerta de los baños. Queda escrita la caricia si la escribes. Queda escrito el informe y la factura y la denuncia y la nota que corre de mano en mano, de pupitre a pupitre, a resguardo de la Señorita Maribel. Queda escrito el sonido del caballo (y se le llama onomatopeya). Queda escrita la fórmula secreta, la dirección a la que te diriges, la gramática, la lista de la compra, el testamento y la forma en que me miras. Que si la escribo, también queda escrita. Queda escrito el tiempo, la nómina, los números, los números, los números, los números por todas partes están escritos, los putos números. Queda escrito el reportaje bilingüe sobre Cincinnati en la revista del avión, el horóscopo del martes, el whatsapp en el grupo, el verso en la estrofa, los ejercicios de caligrafía, los ingredientes del champú y la impertinente nota de los vecinos en el ascensor. Todo eso queda escrito. A cobijo de un olvido. Y todo es la historia. Salvo Ahora.

EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Les sorprendió que, de golpe, compartieran ciertas frases hechas. Que coincidieran en algunos tics verbales. Y discutían a menudo sobre quién se los había pegado a quién. Pero no le dieron importancia. Una mañana, en la cama, ella estornudó tan fuerte que se golpeó la cabeza con las rodillas. Él se disculpó entre risas y luego cogió un poco de papel de váter que había sobre la mesita de noche y se sonó la nariz. Te lo dije, añadió. Se encontraron, poco después, en la puerta de un festival con la misma camiseta que meses antes, habían comprado igualita a la salida de un concierto. Otra coincidencia. Un sábado de verano, ella apareció por la puerta con el pelo corto, muy corto, tan corto como el de él y le convenció al instante para que se afeitara ya de una vez por todas, que parecía un vagabundo, y se miraron al espejo juntos, ambos con el rostro diáfano, y él le preguntó que desde cuándo tenía los ojos verdes. Verdes como yo, pensó. Ella culpó a la luz del sol de agosto. Que hace eso en los pigmentos, dijo. Pero ya era septiembre y sus cuerpos habían empezado a mutar de forma extraña, gradualmente, adelgazando ella y engordando él. Fueron al médico, que le quitó importancia alegando que eran cosas de pareja. Esa noche, discutieron. Él tenía los pechos tan grandes como ella. En el punto más álgido de la discusión, ella se detuvo en seco y se quedó embobada mirando su reflejo, el de los dos, en la puerta de cristal de balcón. El persiguió su mirada y copió su gesto de incredulidad.  Te echo de menos, susurraron al unísono.

EL BOSQUE

La luz del candil es como una marea que arrastra, circularmente, la oscuridad hacia las esquinas. Se revelan, a su alrededor, los pequeños detalles del refugio: Una mesa de madera, un mantel de pelícanos, un cuenco con frutas y una llama que se escapa del soplido de los labios cortados de una boca amurallada de arrugas, asilo de una dentadura postiza. También el cristal de la ventana, engalanada de migajas de lluvia. Ya van tres días seguidos de tormentas en la región. Al segundo soplido, se apaga la cerilla. Alfonsa tuvo nombre de vieja desde que nació. Quizás por eso, de alguna manera, siempre fue vieja. Pero desde la muerte del capitán, también se volvió también arisca y solitaria. De hecho, había cogido sus pertenencias y se había marchado al bosque sin decir nada a nadie. Al mismo lugar donde empezó todo. Y no había salido de allí. Cuando se es la mujer de un marinero, la vida se pasa esperando. Estaba acostumbrada. Podía llover tanto como fuera necesario. Si algo sabía hacer, era esperar. Lo hizo durante cincuenta años. Y el capitán siempre volvió de la mar. Más tarde o más temprano, pero volvía. Y a cada regreso hacía sonar de la misma forma la llave contra la cerradura de la casa que compartían cerca del puerto. Y el abrazo, y ese terrible olor a pescado, y alguna que otra lágrima. Pero el capitán entró una vez al bosque, una sola vez, y nunca volvió. El bosque se lo había llevado e iba a pagar por ello. Alfonsa agarra el candil y lo acerca a los vértices de un papel de diario que sobresale entre los troncos y las ramas de la chimenea. No quiere gastar más cerillas de las necesarias. Empieza a crepitar la madera y poco a poco se alzan los picos de una hoguera. Alfonsa se sienta frente a ella. Observa como se consume, en las garras del fuego, lo que antes eran árboles y maleza. Y como botan el rojo, el naranja, el amarillo y como el azul, en momentos, se cuela en la calidez los colores que emanan del incendio, danzando orgullosos, sobre la ceniza, el augurio de una venganza inminente. Cuando la lluvia cese, estará preparada.

EN CARNE VIVA

Tu voz. Hay algo en tu voz que me intriga. ¿Qué le pasa a mi voz? No lo sé. Es extraña. Parece hecha de otro trazo. No lo entiendo. ¿Qué es lo que no entiendes? Nada. No entiendo nada. ¿Cómo que no entiendes nada? No entiendo lo que estamos haciendo aquí. ¿Aquí, dónde? Pues aquí: En este cuento. Yo que sé. Lo de siempre. Significar, quizás. Significar.Significar algo. ¿Significar algo para quién? Pues para el que está leyendo: Para él o para ella. Entonces ahora nos está leyendo. Exacto. ¡Hola! ¡Va! ¡Calla! ¡Deja de hacer el imbécil! ¿No sabes que con ellos no se puede hablar? Ellos no pueden contestan. ¿Por qué no contestar? Pues porque no.¿Qué pasa? ¿No significamos lo suficiente para ellos? No es eso. Es por que pertenecemos a mundos diferentes. Desde el nuestro se ve el suyo. Y desde el suyo se ve el nuestro. Pero no podemos comunicarnos. ¿Y cuál se supone que es el nuestro? ¿Cuál va a ser? Pues el de la ficción. ¿Y el suyo? Pues no lo tengo muy claro. ¿Y ellos lo saben? ¡Eh! ¡Tú! ¿A qué mundo perteneces? Te he dicho que no te va a contestar. Además, debemos apresurarnos a significar algo. Esto es un cuento. Y estas cosas terminan rápido. ¿Y qué quieres que signifiquemos? Quiero que signifiquemos algo sencillo. En carne viva. ¿Cómo que en carne viva? No sé, siempre he querido significar en carne viva. No lo entiendo. Atravesar la piel. Poder decir por sorpresa, desde un cuento: te echo de menos. Y te quiero. Es verdad. Pues eso. Hacerlo fácil. En carne viva. Sin darle tantas vueltas. ¿Qué te parece?